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LA GALLINA DEGOLLADA,
cuento de HORACIO QUIROGA
Conforme a los principios estéticos que el propio Quiroga enuncia en su
Decálogo del perfecto cuentista , el inicio de La gallina degollada contiene en
sí ya toda la historia. En efecto, los cuatro primeros párrafos configuran los
ejes estructurales en torno a los cuales se va a elaborar todo el cuento.
Primero, nos describe cuidadosamente el decorado donde va a tener lugar el
desenlace. El banco, en el que se va a idear la tragedia final, cobra una
relevancia muy especial pues el narrador insiste reiteradamente sobre su
protagonismo : « el patio de un banco », su posición
exacta : « paralelo al cerco, a cinco metros » y lo define como
el lugar de predilección de los cuatro chicos : « Otras veces,
alineados en el banco, […], pasaban todo el día sentados en su banco ». La
descripción de los chicos se hace luego mediante las características más
aparentes de su idiotez : « la lengua entre los labios, los ojos
estúpidos, la boca abierta ».
Tanto su movimiento como su estatismo denotan en ellos su desequilibrio :
sus ojos fijos, el balanceo automático de su cabeza así como su risa exagerada
infunden cierto malestar. Además las expresiones antinómicas, y por lo tanto
inquietantes, como « hilaridad ansiosa » o « alegría
bestial » nos van acercando a una visión que rápidamente asimila los
chicos a unos enfermos mentales. Poco a poco, el narrador ha ido
animalizándolos, primero con ese mismo adjetivo « bestial », luego
con los ruidos que emiten « zumbaban horas enteras, […] mugiendo ».
Los chicos se muerden la lengua, se empapan de baba pero no sale de su boca
ninguna palabra inteligible por un humano. El resto de la descripción hace
hincapié en esta mezcla de movimientos automáticos (sacudidas, morderse la
lengua) y de inmobilismo total (inercia, letargo, piernas colgantes) que
caracteriza el tipo de enfermedad que padecen. El tercer elemento de
importancia de este principio es sin duda la mención del poder imitativo de los
chicos que se repetirá un poco más lejos : « Tenían en cambio cierta
facultad imitativa pero no se pudo obtener nada más. »
Este dato funciona como elemento clave para que el lector pueda anticipar
debidamente el desenlace, cuando al final los jóvenes se apoderan de la niña y
la tensión alcanza un punto álgido. El cuarto párrafo por fin evidencia el
porqué, la causa fundamental, de los hechos « la falta absoluta de un poco
de cuidado maternal. » El patetismo que se deprende de esta última
observación viene incrementado además por la tierna edad de los cuatro
protagonistas.
En muy poco tiempo vemos que Quiroga ha puesto su decorado, ha caracterizado a
sus protagonistas y ha sembrado los indicios esenciales que permitan el acceso
a su cuento. Hasta se podría considerar la frase « mirando el sol con
alegría bestial, como si fuera comida » como un fenomenal compendio de
todo el cuento ya que evoca con anticipación la imagen de la hermanita pequeña
(el sol), las pulsiones de vida y muerte que ésta provoca en ellos (alegría
bestial) y la visión del aciago volátil (comida). Puede entonces empezar el
relato indagando en el pasado de esta familia con la analepsis (o vuelta atrás)
que empieza en el párrafo siguiente : « Esos cuatro idiotas, sin
embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. » A partir de aquí,
el cuento se centra en el drama que vive la pareja Mazzini, el drama de su
herencia y descendencia. Es pues la historia de su amor frustrado, de su afán
por tener un hijo « que consagre su cariño », su desilusión a través
de los repetidos fracasos que los llevó a tener cuatro subnormales. Poco a
poco, cada uno le echaca la culpa al otro ; ella, porque él tuvo un padre
alcohólico ; él, porque ella está enferma de pulmones. Pero los dos, que
son jóvenes (él tiene 28 años y ella, 22) no perdieron del todo ni el amor, ni
la esperanza de una redención futura con un nuevo hijo que fuera como los
demás. Sin embargo, están condenados a vivir en la angustia y el resentimiento,
incluso después de la llegada de una niña que supera sin problema la edad
fatídica (a la que los otros enfermaron) para alcanzar los cuatro años.
Notemos que se llama Bertita como su madre ya que representa « una
esperanza posible de renovación ». Observemos también que conforme va
creciendo la niña, el abandono de los demás chicos se acusa cada vez más :
« al nacer Bertita olvidose casi del todo de los demás. […] A Mazzini,
bien que en menor grado, pasábale lo mismo. » El narrador insiste en que
cuanto más amor le tienen a la niña, menos importancia les otorgan a los
chicos : « no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto
posible ». E insiste en su inacción y su orfandad : « Pasaban
casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota
caricia. » Una vez más, la frase une aquí el lugar de la futura tragedia
con su causa profunda. El escenario de la cocina en cambio, que no frecuentan a
menudo, va a ser el teatro donde se va a fraguar el poder mimético de los
chicos. Berta, alertada por la criada, los mandó echar de allí. Para ella, ya
no son más que « monstruos » a los que la criada suele ahora manejar
siempre con brutalidad. La escena final viene descrita con una técnica
cinematográfica al igual que la escena inicial.
El silencio y la inercia de los chicos contribuyen a aumentar la tensión
mientras la pequeña demuestra su inteligencia para trepar al cerco. Pero, igual
que al principio, cuando « la luz enceguecedora » del crepúsculo
animaba su mirada, ahora también « la mirada de los idiotas se había
animado ; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. » El
narrador vuelve a convocar « la alegría bestial, como si fuera
comida » del principio con la evocación de uno de los siete pecados
capitales « la creciente sensación de gula bestial ». Paulatinamente
se van atando los cabos y la niña poco a poco se va asimilando a la gallina. El
título, que en este momento vuelve a actualizarse, funciona como elemento de
extrema tensión pues no deja de agitar en la mente del lector la escena del
volátil desangrado y degollado que los chicos presenciaron en la cocina. El
narrador, apartando cualquier duda posible ante el horrendo desenlace,
insiste : « Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles
como si fueran plumas ». Esta tensión alcanza un grado paroxístico con la
creciente ansiedad de los padres, quienes, después del lector, van a descubrir
el horror máximo de su trágico sino.
A modo de conclusión, podríamos afirmar que este increible final contiene una
verdadera paradoja. En efecto, estos chicos, desprovistos de cualquier aptitud
humana, como puede ser la capacidad de hablar y comunicar o el experimentar
sentimientos, en este caso de infelicidad o de injusticia, estos chicos que
sólo aparecen sometidos a sus instintos primarios y animales, al matar a su
hermana, por primera vez demuestran que no son del todo ajenos a los
sentimientos que agitan la humanidad desde los tiempos más remotos. La niña les
ha privado del mínimo afecto necesario. Así, cuanto más crueles se portan, más
humanos aparecen pues de alguna manera, al vengarse del abandono total en el
que se encontraban, se libran de una animalidad que no hubiera podido hacerles
justicia pues la justicia es ante todo, un concepto humano. Los cuatro seres
del cuento de Quiroga, que aparecen a través de este espantoso final un poco
como los cuatro caballos del apocalipsis, no son más que una prueba, definitiva
ya, de que un ser humano no puede vivir sin amor.
Carole EGGER
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